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Viernes, 04 Octubre 2019 11:45

Jaime Romero, el pintor que regresó a su pueblo

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Pintor Jaime Romero Pintor Jaime Romero

San José de Minas es la última parroquia de la Ruta Escondida, al inicio de esta hermosa parroquia de Pichincha, entre las calles García Moreno y Cristóbal Colón, se levanta el único museo de pintura de la ruralidad de Pichincha, donde se exhibe la obra del reconocido pintor Jaime Romero.

250 obras entre óleos, dibujos, cerámicas y acuarelas, albergan esta edificación antigua, construida con adobe, de dos pisos y una vistosa fachada.

En 450 metros y hace más de 70 años, el padre del pintor, Pedro Romero construyó esta tradicional vivienda. En piso entablado, balcones en las habitaciones del segundo piso, horno de leña y sembríos de maíz se desarrolló la vida de la familia del maestro Jaime Romero.

A los 13 años emigró a estudiar a Quito. Desde temprana edad tuvo inclinación por el dibujo y la pintura, ubicándose entre sus referentes: Carlos Vicente Andrade, Leonardo Tejada y Aníbal Villacís. Sus obras empezaron a exhibirse en pequeñas salas de ciudades, uno de sus primeros premios lo obtuvo en Guayaquil, en el Salón de Octubre. Con el tiempo sus pinturas adquirieron notoriedad y su nombre ya tenía prestigio en el mundo del arte.

Suiza, Alemania, Italia, España, Bélgica, El Salvador, México son algunos de los países donde se han exhibido sus obras.

El maestro Romero descubrió una técnica única, a la que llama "Impresionismo primitivo" o "primera emoción".

"La primera emoción, el primer sentimiento es lo que plasma el artista con el primer pincelazo, es la mancha inicial en el lienzo. Esta es la sensación que lo interna en el estado de creación espontánea. Es lo que mueve la mano del pintor hacia trazos que solo su alma puede entender", afirma el maestro.

Mariposas, pájaros, gallos, frutas, flores, paisajes, mujeres, niños, abundancia, violencia y liberación, amor, evolución, ira, son algunas de las temáticas de su obra. Todas tienen una emoción, una experiencia. Una de ellas muestra a una hermosa mujer del oriente ecuatoriano mirando hacia el cielo, pero sumergida en un mar negro. Para el pintor, este cuadro muestra la situación de los habitantes amazónicos afectados por la explotación petrolera.

Tentado por las nuevas tendencias del arte, optó por una propuesta contemporánea. El maestro Romero creó una escultura con una carretilla, a la cual añadió figuras de terracota. A pesar de que su creación fue finalista en el Premio Nacional Mariano Aguilera, él no estuvo satisfecho. Pensó que debía dejar huella así, volvió a San José de Minas determinado a convertir la casa de sus primeros años de vida en un museo, al que llamó "El jardín de la ternura".

En su vida de pintor tuvo inspiraciones: Su madre, quien le reseñó cuentos tradicionales, le habló del quinde, la luna y el sol. Su terruño, la parroquia San José de Minas, caracterizada por la gran producción agrícola y bellos paisajes. Y su padre, que fue agricultor, pero para el maestro Jaime Romero, fue un verdadero "escultor" de los maizales, "dejaba a cada planta de maíz como una obra de arte".

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