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Viernes, 30 Noviembre 2018 14:20

Xenofobia y solidaridad, las dos caras de la migración

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Inmigrantes valoran y agraden el apoyo brindado por la Prefectura de Pichincha,  a través de la Coordinación de Movilidad Humana.


Un gran portón es el ingreso al apartamento de Mary Tellez, su esposo Nelson y su amiga Gradys, quienes dejaron Venezuela hace más de un año y cruzaron la frontera en busca de un mejor porvenir. "Gladys y yo llegamos primero, seis meses después vinieron mis hijos y mi esposo".

En su país, Mary se desempeñaba como asistente de recursos humanos en un centro de salud y "por ser opositora al gobierno, me despidieron. De ahí no pude encontrar otro empleo y la situación se volvió insostenible. Cuando llegamos al Ecuador, lo primero que nos llamó la atención es la cantidad de alimentos que uno puede encontrar en los supermercados".

Rentaron un departamento en el barrio El Dorado y el siguiente paso era conseguir un empleo. Tocaron muchas puertas pero ese sueño se desvanecía rápidamente y les tocó "lanzarse a la calle" a vender empanadas y arepas en el parque El Ejido, "precisamente en la época en la que circularon los videos de las venezolanas. A causa de eso, fuimos víctimas de ataques xenófobos, incluso, abusos por parte de los metropolitanos que se aprovecharon de nuestra situación".

Para colmo de males, lo que vendían no alcanzaba para cubrir el pago del arriendo por lo que el dueño de casa les presentó una nota de desalojo. Acuden a la entonces Unidad de Movilidad Humana de la Prefectura de Pichincha (hoy Coordinación de Movilidad Humana – CMH) que semanas antes ya habían visitado. Allí, les brindaron atención médica y psicológica. Así mismo, se les hizo la entrega de cobijas y utensilios de cocina. Además, se gestionó ante el Municipio los permisos para que puedan laborar como vendedores ambulantes.

Luego acudieron en busca de asesoría legal "porque el arrendador nos amenazaba todos los días y nos sentíamos acorralados. La abogada de la CMH nos explicó las leyes nos ayudó a resolver el problema; aunque al final, el dueño de casa creo que tuvo algo de compasión porque al día siguiente, hasta nos llevó unos huevitos", recuerdan.

Después de evaluar la situación de esta familia que incluía a tres menores de edad, cada área de la CMH emitió un informe en el que se determinó el nivel de vulnerabilidad y se decidió recibirlos en la casa de acogida. "Recuerdo que fue un lunes cuando llegó el transporte que nos llevaría hacia nuestro nuevo hogar. Eso nos devolvió la paz".

Transcurridos tres meses, abandonaron la casa de acogida y se mudaron a un nuevo departamento en el sector norte de la ciudad. En la sala, aún sin muebles, se levanta un altar de la virgen de Chiquinquirá (patrona de Zulia); y, sobre una tambora, luce la bandera venezolana acompañada de la charrasca, instrumento musical típico del país llanero.

Poco tiempo después de mudarse, Mary empezó a trabajar en casa de familia. Luego, su empleador abrió un restaurante y contrató a su esposo, a su hijo mayor y, posteriormente, a Gladys. "Es una gran bendición, aunque mis hijos no están ya con nosotros, ellos no se acostumbraron al cambio por lo que optaron por regresar a Venezuela".

Les invade los recuerdos del barrio El Dorado donde sufrieron discriminación, xenofobia e, incluso, propuestas indecentes "pero tampoco faltó gente generosa y de buen corazón. Menos me voy a olvidar de Rosita, la señora que barre en El Ejido, todos los días me daba un abrazo tan cariñoso que todavía lo siento", cuenta entre lágrimas.

"En este sector, donde vivimos ahora, sentimos menos rechazo y hemos visto gran calidad humana. Yo siento que Dios hace sus milagros a través de las personas y la Coordinación de Movilidad Humana es el mejor ejemplo de eso. No encuentro las palabras apropiadas para agradecer todo lo que han hecho por nosotros", finalizó.


Nota elaborada por Baby Bustamante Bustamante, periodista de la Coordinación de Movilidad Humana de la Prefectura de Pichincha.

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